Conceptualización visual, fotografía,curaduría: Mario Javier Bucheli R. Concepción y montaje:Béatriz Nates Cruz, Paula Velásquez López y María García Alonso

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Tempografía

Taller: percepción y memoria en el corregimiento de Florencia (Samaná).


Fotografía: Mario Javier Bucheli R., agosto 2014

Políticas educativas y actores escolares

La importancia de la escuela pública

«Samaria era una vereda muy poblada, de muy buen ambiente, donde había inspección de policía, centro de salud, ambiente de comercio muy bonito. Hay historias muy bonitas de allá que cuentan que se venían cada ocho días las romerías de gente con sus mulas, trayendo sus productos. Se produce muy buen café por allá, panela, porque es un clima muy agradable y es una zona muy bonita. Todo eso se acabó después de toda esa tragedia. La mayoría de familias fueron desplazadas, permanecen algunas aferradas a su terruño, a su trabajo, a sus propiedades, pero ya en una situación compleja por la lejanía, por la distancia desde aquí [Arboleda]. Hay familias que se demoran meses para salir de por allá.» (Padre Jairo, Corregimiento de Arboleda, Pensilvania).


No hay enfermera, ni sacerdote residente y, sin embargo, hay una escuelita en Samaria y en tantas otras veredas de Pensilvania, La Dorada, Aguadas y Samaná. Y en ellas, permanecen los maestros rurales en circunstancias en muchos casos de gran dificultad. En comunidades profundamente desestructuradas debido a la violencia y a la migración, cuyos habitantes nos hablan de que el Estado “les ha abandonado o siempre se sintió ausente”, la escuela primaria sigue siendo la única institución de carácter estatal que se extiende por la geografía de Colombia. Del proceso de dignificación de la figura del maestro, de su continuidad en la tarea docente y del cuidado de estas escuelas dependerá el respeto que los niños y jóvenes muestren ante otras instancias gubernamentales.


La construcción de una nueva conciencia nacional que permita disociar simbólicamente un pasado violento con un presente de reconciliación, pasa por crear espacios públicos para el duelo y narrativas locales que, sin olvidar los hechos, permitan trascenderlos revitalizando aquellos aspectos del pasado que alienten la civilidad y la convivencia. La escuela puede ser el núcleo transmisor de este nuevo modo de representación, dada su cualidad de enclave simbólico por el que pasan las generaciones más jóvenes. Sólo será convincente y duradero este cambio en las mentalidades si se dota a los colectivos de símbolos de refundación que permitan poner límites —un antes y un después— a lo que en la práctica es una continuidad. Pero esta simbología no puede ser exportada ni impuesta. La escuela puede ser el lugar en el que se detecten, consensuen, difundan y ritualicen estos símbolos para poder anclar en ellos una distinta imagen de sí mismos de los miembros de comunidades vulneradas y vulnerables.